Luces y sombras del consumismo colaborativo

¿Compartir o comprar?

BlaBlaCar, Airbnb, Wallapop... Las plataformas de consumo colaborativo se han instalado de lleno en nuestras vidas. Sus usuarios parecen satisfechos, pero, ¿se mueven, realmente, en un entorno seguro? Polémicas aparte, lo cierto es que nos enfrentamos a una nueva forma de consumo ante la que no podemos permanecer indiferentes.

16 Ene | Leonor Lozano | Soziable.es

“Algún día miraremos atrás al siglo XX y nos preguntaremos por qué teníamos tantas cosas”. A principios de 2011, el estadounidense Bryan Walsh, escritor y editor de la revista Time, incluyó el consumo colaborativo entre las diez ideas con mayor potencial para cambiar el mundo. Han pasado seis años desde entonces, y el tiempo parece haberle dado la razón: según el último 'Panel de Hogares' de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), uno de cada tres internautas españoles utiliza ya plataformas de economía colaborativa al menos una vez al año.

Por el momento, su cuota de mercado es escasa en el conjunto de la actividad económica, pero ésta aumenta con rapidez y arroja un peso importante en algunos sectores. Así lo puso de manifiesto el Consejo Económico y Social de España (CES) en su informe 'Nuevos hábitos de consumo, cambios sociales y tecnológicos', publicado a finales de 2016: según este trabajo, en 2015 los ingresos brutos de plataformas y proveedores colaborativos en la UE ascendieron a 28.000 millones de euros.

Los correspondientes a los cinco sectores clave de esta nueva forma de consumo (alojamiento-alquiler a corto plazo; transporte de personas; servicios para la vivienda; servicios profesionales y técnicos y financiación) generaron unos ingresos de 3.600 millones de euros en 2015, casi el doble que el año anterior. La economía colaborativa viene pisando fuerte.

 

¿Qué es eso de “economía en colaboración”?

Consumo colaborativo, consumo 'peer-to-peer', economía en colaboración… Las formas de referirse a este nuevo modelo de satisfacción de necesidades son múltiples. Y, según Carmen Valor, profesora en la Universidad Pontificia de Comillas y colaboradora de Economistas sin Fronteras, tampoco resulta un concepto fácil de definir.

“Es un tema controvertido”, asegura esta experta, “porque no está claro qué tiene cabida y qué no dentro de ella”. Valor habla de economía colaborativa como aquella que se basa “en intercambios entre pares, entre iguales”, y en la que la empresa “juega simplemente el papel de marketplace, de la plataforma en la que esos pares intercambian”. Otros, sin embargo, “adoptan definiciones más amplias y admiten también permutas de empresa a par”. Uber, la empresa que pone en contacto a conductores con pasajeros, no sería economía colaborativa según la definición que defiende esta profesora, que coincide con la que respalda la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU).

 

¿Cuándo surgió?

El concepto, como tal, nació en el año 2010, cuando la escritora Rachel Bostman publicó 'What’s mine is yours' ('Lo mío es tuyo'), la “biblia” del consumo colaborativo, de la mano de la editorial Harper Business. “Se dio cuenta de que estas iniciativas tenían mucho en común, sistematizó todo lo que estaba pasando y lo llamó sharing economy”, relata Carmen Valor.

La profesora de la Universidad de Comillas achaca la aparición de este nuevo concepto al “hartazgo de la gente ante tanto derroche”, a la búsqueda creciente de la reutilización de bienes y materiales, a la necesidad de forjar lazos entre vecinos y a la digitalización masiva de todos los procesos. Aunque admite que, en realidad, “las iniciativas de este tipo son tan antiguas como el hombre”.

“Siempre ha habido intercambios entre sociedades, en los que los excedentes de uno eran utilizados por otros. ¡Las comunidades de cazadores-recolectores ya recurrían al trueque! Y en los años 60 y 70 del siglo XX surgieron muchas iniciativas comunitarias, como las ‘bibliotecas de herramientas’ o las ‘bibliotecas de juguetes’. A lo largo de la historia se han dado distintas formas de consumo colaborativo y han tenido más o menos importancia, pero ahora las hemos sistematizado bajo una palabra, bajo un único paraguas, y están surgiendo nuevas”, prosigue Carmen Valor.

 

¿Qué estamos dispuestos a compartir? 

En los últimos años, las plataformas de consumismo colaborativo han registrado una rápida expansión, al menos, en el “club” de países miembros de la OCDE. España no iba a ser menos: según el último 'Panel de Hogares' de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), uno de cada tres internautas españoles recurre ya a plataformas colaborativas al menos una vez al año.

Según este documento, las webs o aplicaciones colaborativas más utilizadas son las de compra o alquiler de productos de segunda mano (como Wallapop), las que ofrecen alojamiento en casas de particulares (tipo Airbnb) y aquellas que facilitan compartir trayectos de automóvil entre ciudades (como BlaBlaCar), aunque las hay para todos los gustos: para compartir plazas de garaje (como Parkinghood); intercambiar libros (BooktoBook) o prendas de vestir (RopaDona); alquilar alojamiento (Airbnb), caravanas (Yescapa) y barcos (GetMyBoat); para contactar con guías locales en viajes (Beetripper), y para regalar juguetes que ya no se usan (Toys2Help). También hay redes para buscar “canguro” a las mascotas (Pet&Net) y, como no podía ser de otra manera, para comprar y vender artículos de segunda mano (Wallapop).

La gran mayoría de quienes las han usado están “muy satisfechos” con la experiencia (con notas medias que superan el 8 sobre 10) y apenas han sufrido contratiempos, según el informe '¿Colaboración o negocio? Del valor para los usuarios a una sociedad con valores', realizado por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Las razones por las que recurrieron a ellas parecen obvias: la mayoría, por motivos económicos (ahorrar o ganar dinero) y prácticos (flexibilidad de horarios, facilidad de uso y variedad).

 

Útiles, sí, pero también mejorables

Cuando se interacciona con estas plataformas, se establecen relaciones a dos niveles: con la propia plataforma –que presta un servicio electrónico y ha de someterse a las normas que lo regulan– y con otro particular. La transacción que acuerden estos últimos se regula en virtud de las normas generales que rigen para cualquier contratación y que, en España, no es otro que el Código Civil. Ahora bien, en la mayoría de los casos, las plataformas actúan como intermediarios pero, “si ofrecieran bienes o servicios propios o si intervinieran en la prestación del servicio entre los particulares, tendrían también una responsabilidad como prestadores de servicios”, matiza la OCU.

¿Son mejorables estas plataformas? Carmen Valor reconoce que hay aspectos por pulir en torno a ellas: “Hay una gran preocupación por que se convierta en una economía sumergida legitimada socialmente, por lo que habrá que trabajar en el ámbito fiscal. Y luego está la protección al consumidor: si tú me vendes algo por Wallapop y no funciona, no se puede aplicar la Ley de Garantías; tendríamos que resolverlo por lo Civil contra esa persona, pero no tenemos sus datos… Es un tema complicado y, seguramente, exigirá hacer una regulación ad hoc”, advierte la profesora de la Pontificia de Comillas.

Por el momento, lo que parece funcionar es la llamada “evaluación en red” que propician las web y aplicaciones móviles de consumo colaborativo: “¿Por qué te fías tú de un comprador? Porque muchos usuarios lo han valorado positivamente con antelación. Los llamados ‘sistemas de reputación on line’ están sustituyendo a los contratos, y es que se basan en un principio muy simple: si alguien te pone verde en las redes, no vuelves a intercambiar”.

La Comisión Europea se ha puesto ya manos a la obra para fomentar un entorno reglamentario que proteja a los consumidores y garantice “unas condiciones de trabajo equitativas” en torno a este nuevo modelo. En junio de 2016, sin ir más lejos, publicó un documento que proporciona orientaciones sobre cómo aplicar la legislación vigente en la UE a este sector. Se titula 'Una Agenda Europea para la economía colaborativa' y apuesta por regular este nicho de mercado. De prosperar sus propuestas, los prestadores de servicios de la economía colaborativa pasarían en breve a pagar impuestos como el de sociedades, el IRPF y el IVA.

¿Acabarán haciéndolo? Por el momento, solo nos queda esperar para comprobarlo. 

 

Una solución, entre muchas

La humanidad necesita 1,6 planetas para satisfacer su demanda de recursos, según alerta la organización conservacionista WWF. Para no exceder los límites del planeta, esta ONG llama a reorientar nuestro desarrollo económico y propiciar un cambio de paradigma global con el que “cubramos nuestras necesidades básicas sin esquilmar los recursos”. Para Enrique Segovia, director de Conservación de WWF España, el consumo colaborativo “puede jugar un papel muy importante” en este sentido: “La economía colaborativa puede ser una solución, pero una entre muchas”, señala este experto. ¿Qué más podemos hacer, como consumidores? Segovia propone “comprar productos de temporada y de cercanía” y, sobre todo, “comer un poquito menos”. Tomemos nota: el planeta y nuestra salud lo agradecerán. 

Agregar comentario

Comentarios

Añadir ComentarioDesplegar formulario para comentar

0 Comentarios

No hay comentarios

Noticias Relacionadas

Últimas noticias

Ir al inicio del contenido