La lucha de las mujeres africanas por sus derechos en primera línea

El ‘#MeToo’ de África

Sufren maltrato, violaciones, matrimonios forzosos, discriminación educativa, ablaciones... Lo que en Europa es excepcional, allí es norma. Pese al peligro que supone, algunas víctimas como la sudanesa Athieng, la congoleña Martine o la chadiana Iklas se han atrevido a dar un paso al frente para defender los derechos de las mujeres.

Grupo de mujeres contra la violencia de género en una aldea de Sudán del Sur (Foto: World Vision).

02 Mar | Ignacio Santa María | Soziable.es

Envueltas en sábanas azul celeste y naranja, doce mujeres atraviesan de punta a punta una pobre aldea de Sudán del Sur. Van cantando y bailando entre las chozas hechas de caña y paja, levantando el polvo con sus pies. Una de ellas sostiene un megáfono por el que lanza proclamas en contra de la violencia de género.

No es lo mismo hacer esto en la gran avenida de una ciudad europea o estadounidense que en una zona rural de Sudán del Sur donde las violaciones, el maltrato y los matrimonios forzosos son actos habituales contra las mujeres y las niñas. Aquí se juegan la vida.

 “Una bala perdida me alcanzó y me causó una discapacidad. Aun así, mi marido me seguía golpeando"

La mujer del megáfono se llama Athieng Atem. Resume la historia de su vida en cinco escuetas frases, que te golpean con la fuerza de un martillo: “Una bala perdida me alcanzó y me causó una discapacidad. Aun así, mi marido me seguía golpeando. Hasta que se escapó con otra mujer. Entonces me di cuenta de que estaba sola con mis hijos. No tenían nada para comer y no podían ir a la escuela”.

Athieng pensó entonces que su vida carecía de sentido. Lo que le salvó del suicidio fue conocer a personas de la ONG World Vision. Este encuentro le ayudó a recuperar las ganas de vivir y le infundió valor para salir a la calle y emprender una valiente lucha por defender los derechos de las mujeres. Athieng y sus compañeras arriesgan su vida recorriendo un día a la semana las aldeas para reclamar, megáfono en mano, que los hombres no violen ni peguen ni a las mujeres ni a los niños.  

La violaciones y agresiones sexuales están a la orden del día en la región. “Para apoyar a una superviviente de una violación, primero hay que recordarle con claridad y rotundidad que no es su culpa, y, en segundo lugar, proporcionarle acceso a servicios que salvan vidas como atención médica en 72 horas, apoyo psicosocial, justicia y seguridad", explica Vanessa Saraiva, asesora de protección y género de World Vision.

Desheredadas

A Martine Kahambu Riziki y a sus hermanas les arrebataron la herencia de su padre. ¿Por qué? Solo por ser niñas en la República Democrática del Congo (RDC). La herencia fue a parar a manos de sus primos varones. Esta es la razón por la que entró a formar parte un parlamento infantil organizado por World Vision para defender los derechos de las niñas y su bienestar.

“Me gustaría que las niñas fueran iguales a los niños, que tuvieran las mismas oportunidades que los niños. La mayoría de las niñas que defiendo tienen entre 12 y 17 años y también han sido víctimas de violencia sexual y de género”, explica Martine.

La activista Martine Kahambu Riziki (Foto: World Vision)

En un país que lleva más de 20 años sufriendo conflictos armados, es común encontrar niños y niñas en situación de orfandad. Muchas de las niñas huérfanas terminan siendo explotadas sexualmente en burdeles. “Además, cuando los hombres de la milicia llegan a nuestra zona, secuestran a las niñas y las llevan al bosque. Allí las obligan a cocinar y a menudo se ven obligadas a casarse”, dice Martine.

Pese a su corta edad, esta menor se ha convertido en toda una activista por los derechos de las niñas y las mujeres. No se cansa de transmitir este mensaje a las otras niñas: “Les digo que no se asusten, que no tengan miedo y que defiendan sus derechos y los de otras mujeres. También les digo que las niñas pueden hacer algo, incluso si han sido explotadas, deben despertarse, deben saber que pueden hacer algo mejor para su futuro”.

Pero su labor de concienciación se extiende también a los niños varones: “Aquí hay niños que dicen que las niñas solo deben callarse. Queremos cambiar la mentalidad de esos niños, que sepan que somos iguales a ellos” subraya Martine. Está convencida de que cuando se respetan sus derechos, “el mundo se dará cuenta de que las niñas son capaces de lograr todo lo que se propongan”. Y remata con una frase lapidaria: “Educar a una niña significa educar a una nación”.

Con 15 años a Iklas Saleh la obligaron a casarse con un hombre que no conocía y a dejar la escuela

Matrimonios forzosos

“Con 15 años, me obligaron a casarme con ‘ese’ hombre”, así se expresa Iklas Saleh Ali. Solo vio a su padre cuatro veces en su vida. Cuando cumplió 15 años, su madre le dijo que ya no podía pagarle la escuela y que la iba a dar en matrimonio. “Yo no quería casarme, pero mi tía me dijo que no podía llevar la contraria a mi madre. Así que me obligaron a casarme con ese hombre”. No pudo continuar estudiando.

El matrimonio infantil forzado es una práctica que sufre el 67 por ciento de las mujeres menores de 18 años en Chad. Según el dossier ‘No Quiero, contra el matrimonio infantil, temprano y forzado’, presentado conjuntamente por Entreculturas, Amnistía Internacional, Mundo Cooperante y Save the Children, África subsahariana es la región del mundo con mayor nivel de matrimonio infantil, donde aproximadamente 4 de cada 10 mujeres jóvenes se casaron antes de los 18 años.

Por países, aquellos en los que más mujeres se casaron por primera vez antes de los 15 años son Chad, República Centroafricana, Níger, Bangladesh y Guinea; y los países en los que más se han casado antes de los 18 son Níger, República Centroafricana, Chad, Bangladesh y Mali.

Actualmente, Iklas sobrevive con sus seis hijos en el campo de refugiados de Iridimi (al este de Chad). Ha logrado volver a estudiar gracias al programa ‘La Luz de las Niñas’, del que se han beneficiado hasta ahora 32.000 niñas en 15 países, junto al Servicio Jesuita a Refugiados y Fe y Alegría. Su sueño es convertirse en médica o profesora para cuidar o educar a otros niños.

Esta madre de cuatro niños y dos niñas tiene claro que nunca obligará a sus hijas a casarse, porque, según ella misma ha sufrido en carne propia, el matrimonio precoz conlleva muchos problemas. “Una niña va a encontrar muchas dificultades en el matrimonio, por eso es mejor que las mujeres acaben sus estudios antes de casarse”.

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