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Entrevista al Padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz

“Si hubiéramos pedido permiso para todo lo que íbamos haciendo, hoy no estaríamos aquí”

El padre Ángel habla con rotundidad y sinceridad en esta entrevista para Soziable.es. El sacerdote y premio Príncipe de Asturias a la Concordia repasa con nosotros su trayectoria, su labor social y sus futuros proyectos. Un religioso que, con mucha humildad y un punto de rebeldía, ha derribado barreras dentro de la Iglesia católica y lucha cada día por un mundo mejor.

El Padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz
El Padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz

Con su amable sonrisa y su característico llavero de la parroquia de San Antón y la Virgen de Covadonga en la mano –su amuleto de la suerte para cada entrevista–, conversa con nosotros el padre Ángel. Uno de los sacerdotes más mediáticos del mundo y que ha conseguido llevar la ayuda humanitaria a todos los rincones del planeta desde su asociación, Mensajeros de la Paz.

De origen humilde, Ángel García Rodríguez nació y creció en plena posguerra en Mieres (Asturias). Sus vivencias de la niñez definieron el rumbo que tomaría su vida y en 1962 se ordenó sacerdote. Ese mismo año comenzó su labor social al frente de una casa de acogida en Oviedo donde convivían niños y niñas huérfanos. Ese fue el germen de Mensajeros de la Paz.

Lo que comenzó como un proyecto local –que generó polémica y algunos detractores–, hoy en día está presente en 47 países de todo el mundo. La asociación atiende a niños y jóvenes en riesgo de exclusión social, inmigrantes, mujeres víctimas de la violencia de género y a personas mayores que viven en soledad. Igualmente, presta asistencia humanitaria en lugares que han sufrido desastres naturales, países en guerra y comunidades en vías de desarrollo.

Toda esa vida dedicada a los demás le ha valido al padre Ángel innumerables reconocimientos por su labor social, entre ellos, el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia en 1994.

 

 

- Este 2022, se cumplen 60 años desde que inició su labor con Mensajeros de la Paz. Echando la vista atrás, ¿se imaginaba algo así?

Sí, porque cuando eres niño y cuando eres joven sueñas. Yo creo que incluso soñábamos más de lo que hemos conseguido. Tanto el padre Ángel Silva como yo, cuando empezamos Mensajeros de la Paz, soñábamos, sobre todo, con proyectos de ayuda a niños y jóvenes. Y yo sigo soñando.

- Mensajeros de la Paz comienza como un proyecto de casa familia de acogida en Oviedo para niños y personas sin hogar en plena década de los 60. ¿Cómo recuerda esos comienzos?

Con mucha ilusión, pero también con muchas dificultades. Nosotros comenzamos a ayudar a niños huérfanos que vivían en hospicios en los que se separaban a los hermanos de las hermanas, pero yo quería hacer hogares donde pudieran vivir un grupo de hermanos y hermanas juntos y me encontré con muchos problemas y prejuicios.

El padre Ángel Silva y yo soñábamos con proyectos de ayuda a niños y jóvenes. Y yo sigo soñando

- ¿Por parte de sus propios compañeros?

Sí, había sacerdotes que no lo veían con buenos ojos e incluso les parecía que era una promiscuidad el que viviesen niños y niñas juntos cuando eran hermanos y hermanas entre sí. Eso nos costó a veces algún disgusto, pero cuando eres joven lo vences todo. Además, nosotros comenzamos con un axioma muy importante que nos había enseñado el obispo que había por entonces en Oviedo, que decía que a veces valía más pedir perdón que pedir permiso. Si hubiéramos pedido permiso para todas las cosas que íbamos haciendo, hoy no estaríamos aquí.

- Usted es natural de Mieres y nació en los años 30. ¿Cómo recuerda su infancia?

Con mucha felicidad y también con tristeza y dolor de ver tantas calamidades. Los niños perciben lo que pasa y veíamos también el dolor, sobre todo el de los padres. Ver a tu madre trabajando día y noche, ver a tus padres hablando a escondidas y decir que no tenían nada para darte de comer… Pero a pesar de eso, tuve una infancia feliz.

- ¿Son felices los niños de hoy?

Hay muchos niños que hoy tienen todo y no son felices. Es porque les falta lo que nosotros hemos tenido, que es tener unos padres, una familia, unos abuelos. Los niños de mi época pasábamos hambre y frío. En mi casa no había calefacción ni agua corriente ni luz, solo teníamos una bombilla, pero eso no nos quitaba la felicidad. Esa felicidad nos la daba llegar a casa y darle un beso a tu padre y a tu madre, que te echasen una regañina o que los domingos te diesen una perruna para gastar.

- ¿Cree que sus vivencias le marcaron a la hora de dedicarse al sacerdocio?

Pues más bien fue por un cura que había en mi pueblo, don Dimas, al que recuerdo siempre. Y ese don Dimas, cuando había desgracias, y había muchas casi todos los días, siempre llevaba un trozo de pan a los niños que no tenían qué comer. Cuando eres pequeño y te preguntan qué quieres ser de mayor y los niños decían futbolista, médico… Yo decía que quería ser cura porque quería ser como el cura de mi pueblo.

- Don Dimas fue entonces todo un referente.

Para mí era un héroe, un ideal a seguir. Vestido además de cura de arriba abajo, jugaba con los niños, nos daba un caramelo y, sobre todo, consolaba a los niños que se quedaban sin padres. Y ahí fue donde comencé yo a decir que quería ser cura, pero no por decir misa, sino por hacer lo que hacía este cura.

Los hombres somos buenas personas y para ser buena persona no hace falta ser ni cura ni de una ONG

- A pesar de que Mensajeros de la Paz presta ayuda internacional, usted siempre se ha sentido muy sensibilizado con las personas pobres y sin hogar que están a nuestro lado y a las que, por desgracia, no atendemos. ¿Hay desidia social cuando hablamos de los sintecho?

No, yo creo que hay más solidaridad y que hay mucha sensibilidad. No hay persona que se encuentra a alguien tirado en la calle y que no se le ocurra o darle la chaqueta que lleva o llamar al teléfono de emergencia. A nadie se le ocurre hoy pasar de largo. Los hombres somos buenas personas y para ser buena persona no hace falta ser ni cura ni de una ONG. Lo que hace falta es ser de carne y hueso y ponernos en el lugar del otro.

- ¿No cree que haya malas personas?

Yo no he encontrado en mi vida, y ya tengo 80 y muchos años, nunca personas malas. He encontrado personas enfermas, que son las que agreden, que insultan, incluso que matan, pero no porque sean malas personas, sino porque están enfermas.

- En ocasiones, ha declarado que tenemos cierta aporofobia en España. ¿A qué puede ser debido ese rechazo hacia las personas pobres?

Es por miedo. Tener miedo es una enfermedad y hay mucha gente muy enferma de miedo. Personas con miedo a todo, miedo a morirse, miedo a no comer, miedo a no tener trabajo. Hay que luchar contra el miedo y hay que quitarlo. Cuando pasas miedo sin razón, eso es una enfermedad.

- Es párroco de la iglesia de San Antón, en el barrio de Chueca (Madrid), que abre las 24 horas y acoge a todo tipo de personas desde el año 2015. No hay muchas iglesias así.

Cuando me ordené sacerdote, hace unos 58 años, yo soñaba con tener una iglesia abierta las 24 horas en una gran ciudad y tuve que esperar a tener 78 años para conseguir realizar ese sueño porque no había obispo ni papa que me dejara tener una iglesia abierta todo el día.

- Dicen que es la Iglesia que siempre soñó el papa Francisco.

Es la Iglesia que el papa Francisco, cuando hizo su primera homilía, dijo: “Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”. Entonces nosotros fuimos y decidimos dar la iglesia de San Antón a los pobres y para los pobres.

- ¿Qué tipo de servicios presta la parroquia?

Abrimos la iglesia de San Antón un 11 de marzo y todavía no la hemos cerrado nunca. Es una iglesia donde te puedes sentar y encontrar un poco de paz o que alguien te escuche. Tenemos psicólogos, hay una trabajadora social, un abogado que puede informar o asesorar a los que lo necesiten. La iglesia de San Antón es un recinto de paz.

No hay cosa más maravillosa que alguien te diga: “Gracias por escucharme”

- Habrá conocido vivencias de todo tipo. ¿Cuáles son las historias que más le han conmovido?

Son tantas las anécdotas y las vivencias en esa iglesia que sería interminable contarlas. A San Antón vienen desde personas con cáncer incurable, con animales de compañía o con la foto de su madre en el móvil para que les bendigas, pero también personas que necesitan ayuda para sacar el carné de identidad, para pagar el metro o la hipoteca cuando les echan de casa.

- La iglesia de San Antón, más que un espacio de oración, es un espacio de escucha activa.

No hay cosa más maravillosa que alguien te diga: “Gracias por escucharme”. Porque cuando te dan las gracias porque les has dado 5 euros, un traje o algo, hay una razón de darte gracias, pero ese agradecimiento, simplemente por oír las historias y los problemas de las personas… Eso se escucha continuamente en la iglesia de San Antón.

- ¿Ese agradecimiento puede venir dado porque hay muchas personas que están solas?

La soledad es la enfermedad y la razón por la que más gente se quita la vida. Solamente en España, todos los días se están muriendo 10 o 12 personas por el suicidio. Para que se mueran 10 o 12 personas, tiene que haber casi 200 que intentan quitarse la vida. Necesitamos atajar la soledad.

- ¿Qué iniciativas se están llevando a cabo desde Mensajeros de la Paz para atajar la soledad?

Poder atender a las personas en casa, que puedan contar con un médico, una trabajadora social o un enfermero. Y si no llegamos a eso, tratamos de hacerles llegar animales de compañía para que tengan la responsabilidad de querer y cuidar a un ser vivo. Los seres humanos hemos nacido para vivir en compañía. Verse obligado a vivir en soledad como un cartujo debe ser tremendo.

- Además de la iglesia de San Antón, Mensajeros de la Paz va a contar dentro de poco con otro gran espacio que es la catedral de Justo Gallego en Mejorada del Campo, una catedral atípica donde las haya.

La catedral es impresionante. Justo la levantó hace 60 años y la hizo con sus propias manos con desechos y con material reciclable. Las personas que la visitan salen atónitas al ver esas cúpulas, las columnas… Es impresionante ver cómo un hombre que era agricultor fue capaz de hacer una catedral sostenible que es una maravilla.

Las próximas generaciones llegarán a conocer un mundo donde, por lo menos, no haya personas que mueran de hambre

- ¿Qué servicios va a ofrecer cuando esté terminada?

Justo hizo esa catedral como una promesa a la Virgen del Pilar para que fuera un sitio de oración. Y sí que va a ser un sitio de oración, pero no solamente para los católicos, queremos que sea un lugar para los que creen y los que nos creen o para los que son de cualquier otra religión.

- En 2019 publicó su libro 'Un mundo mejor es posible’, en el que cuenta que nunca antes hemos sido más solidarios. Pero problemas como la inmigración, la pobreza extrema, la violencia de género o la homofobia siguen ahí.

Eso sigue ahí, pero las próximas generaciones llegarán a conocer un mundo donde, por lo menos, no haya personas que mueran de hambre, que vivan con tanto analfabetismo, con falta de agua o de medicamentos imprescindibles. Antes se morían al día más de 30.000 niños de hambre. Hoy son 15.000. Y es una barbaridad todavía, pero vamos mejorando sin duda alguna.

- Siempre ha manifestado abiertamente su apoyo al colectivo homosexual, tema sobre el que se posicionan en contra algunos de sus compañeros. Aun así, ¿considera que desde la llegada del papa Francisco se ha abierto la mentalidad en el seno de la Iglesia?

El primero que abrió esa mentalidad fue hace 2000 años Jesús de Nazaret, que hablaba con las prostitutas y los homosexuales. Desde que el mundo es mundo, siempre ha habido hombres y mujeres que se quieren unos a otros, a veces del mismo género. El papa Francisco tuvo esa frase tan importante, que yo había dicho ya muchas veces: “¿Quién soy yo para juzgar a nadie?”. A veces uno se hace enseguida juez y es absurdo. Por la iglesia de San Antón llegan muchos hijos a bautizar con padres del mismo sexo y hay todavía veces en las que alguno de los míos me dice: “Pero, ¿cómo va a poner en la partida de nacimiento que tiene dos madres?”. O cuando viene una pareja de dos chicos a que les bendigas, llega otro compañero y empieza a vituperarte y a decir que eso no está bien. Todavía nos falta camino por recorrer, pero todos somos hijos de Dios y, si somos buenas personas, todos vamos a ir al cielo.

- ¿Cómo podemos ayudar a los más desfavorecidos?

Yo recomendaría a los que no nos falta una pierna que cogiéramos una silla de ruedas y empezáramos a andar por la ciudad para ver los obstáculos que hay, que fuéramos un día a dormir en la calle a la intemperie con una sábana para taparnos o que nos pusiéramos en una cola de comedor a esperar con frío para que te den un trozo de pan y una onza de chocolate.  Es ponerse en el lugar del otro.

- Entonces, ¿usted cree que hay esperanza?

Hay mucha esperanza. En esta sociedad lo que hace falta es tener más diálogo y menos ataque. Casi todos los problemas de este mundo vienen dados por eso y porque nos queremos poco, pero estoy seguro de que vamos por buen camino. Un mundo mejor es imparable.