Promotor de la Fundación Padre Garralda-Horizontes Abiertos

Fallece Jaime Garralda, la sonrisa de los marginados

El jesuita Jaime Garralda murió el sábado 30 de junio a los 96 años de edad en la residencia de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares (Madrid). Promotor de la Fundación Padre Garralda-Horizontes Abiertos, fue un referente en las últimas décadas en el campo de la acción social en España, especialmente por su labor en las prisiones. Garralda consagró su vida a abrazar a quienes todos rechazan: toxicómanos, personas sin hogar, presos, prostitutas o enfermos de sida. "Mi gente son los marginados", solía decir.

El padre Jaime Garralda. Foto: Prensa Jesuitas.

02 Jul | Chema Doménech | Soziable.es

Jaime Garralda vivió la última parte de su existencia en una pequeña habitación de un edificio situado en Las Tablas, al norte de Madrid. Es la sede de la Fundación Padre Garralda-Horizontes Abiertos, la institución que fundó hace décadas para canalizar su labor en favor de las personas marginadas. Allí compartía hogar con un centenar de estas personas, todas ellas con problemas de drogodependencia.“Los que están aquí han conocido la cárcel o la acera”, decía el jesuita con una sonrisa que ninguna de las innumerables injusticias sociales a las que se enfrentó en su longeva vida consiguió borrar.

“Los que están aquí han conocido la cárcel o la acera”, decía Garralda refiriéndose a las personas con las que vivía en la sede de su fundación

En una pared de aquel cuarto, el padre Garralda, como le conoce cualquiera que se haya acercado al mundo de la solidaridad en España en los últimos 60 años, había colgado un tablero de corcho repleto de fotografías de personas que, en su mayoría, ya han muerto. Junto a su madre y a sus hermanos, se veían retratos de presos, de drogodependientes, de prostitutas, de enfermos de sida. Rostros sonrientes, a pesar del dolor. Cuando alguien visitaba a Garralda en aquella habitación, él mostraba esas fotos y abriendo su sonrisa imperecedera solía decir:  “Estos son mis santos, esta es la gente que me ha querido a mí”.

Jaime Garralda nació en El Escorial, Madrid, en 1921. Su adolescencia la vivió en plena guerra civil, donde estuvo en el frente. Con 24 años ingresó en la Compañía de Jesús en Aranjuez  y 11 años después se ordenó sacerdote. Siempre sintió una especial atracción por los marginados y, siendo todavía estudiante de Teología en Granada, puso en marcha diferentes proyectos para ofrecer una existencia más digna a las personas más necesitadas de las poblaciones de Albolote, Atarfe y Pinos Puente. Su estrecha relación con estas familias le hizo valedor del título de "el padre de los gitanos".

Jaime Garralda en su tiempo en Albolote, en 1956. Foto: Prensa Jesuitas.

Una vez terminados sus estudios universitarios se hizo cargo del Hogar del Empleado en Madrid, entre los años 1957 y 1964, una plataforma de acogida que prestaba asistencia a personas sin apenas recursos que, sobre todo, llegaban de las zonas empobrecidas del Sur de España. Aquella labor le costó sudor y lágrimas, las mismas con las que tuvo que abandonarla para irse a Panamá, enviado por la Compañía de Jesús, donde levantó una obra inmensa como ‘La Ciudad del Niño’, que hoy sigue salvando de la marginación y procurando un futuro a cientos de niños y jóvenes de este país centroamericano. Por su labor, el presidente de la República panameña le concedió la máxima condecoración nacional, la Orden de Amador Guerrero en grado de Comendador.

En las chabolas

A su regreso, sin un destino fijo, optó por irse a vivir con la que siempre ha considerado su familia, la familia de los marginados. Entró en contacto con el padre Llanos, que trabajaba en El Pozo del Tío Raimundo, una de las zonas más deprimidas del extrarradio madrileño, y al poco tiempo se instaló en un poblado de chabolas cercano, lo que hoy se conoce como el barrio de Palomeras. Compartía un pequeño chamizo de 20 metros cuadrados con otras tres personas, ocultando en un principio su condición de sacerdote. “No me hubieran aceptado si lo hubieran sabido”, decía él. Sin embargo, al poco tiempo de estar allí nadie hubiera osado echar del barrio a Jaime Garralda.

“La gente enfermaba de los bronquios, muchos morían. Tengo grabado el sonido de cómo tosía mi barrio aquellos meses de invierno”

Él calificaba aquella época como “maravillosa”, a pesar de las dificultades. En verano la gente pasaba la noche en la calle porque era imposible dormir dentro de las chabolas a causa del calor. Y en invierno, la humedad y el frío hacían estragos. “La gente enfermaba de los bronquios, muchos morían. Tengo grabado el sonido de cómo tosía mi barrio aquellos meses de invierno”, contaba Garralda. Fue entonces cuando empezó a comprobar los efectos nefastos que la droga comenzaba a hacer entre los jóvenes. “Había una chica que se llamaba Pili y que una vez vino a mi chabola y, al quitarse el abrigo, se le cayó una ‘chuta’. Fue la primera que vi en mi vida. A aquella chica la vería morir pocos años después de sida en la cárcel de Carabanchel”, recordaba el jesuita.

En 1978, Jaime Garralda fundó la ONG entonces denominada "Horizontes Abiertos" (más tarde Fundación Horizontes Abiertos-Padre Garralda) que es concebida para ayudar a los presos a rehacer sus vidas al salir de la cárcel. Es en las prisiones donde se ha centrado gran parte de la labor que la Fundación ha desarrollado a lo largo de los últimos 40 años, una labor que también empezó en aquel barrio chabolista donde vivió el padre Garralda hace décadas, cuando una de sus vecinas fue encarcelada en la antigua prisión de Yeserías. El jesuita acudió a verla y se quedó como capellán varios años.

En el mundo de la cárcel, en estrecha colaboración con la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, consiguió algunos hitos históricos en España como la creación en las prisiones de módulos específicos para madres y niños menores de 3 años, para familias, módulos penitenciarios para estudiantes universitarios y centros terapéuticos donde los internos superan su dependencia de las drogas durante su internamiento. Su concepción de la cárcel se basaba en que no debía ser un centro de castigo sino terapéutico. Consideraba que al preso “si le tratas con dureza será cliente eterno, si le tratas con cariño se rehabilitará. Cuesta menos educar que pegar palos”, solía decir. Algunos de los testimonios de los presos a los que rehabilitó, así como pequeñas reflexiones propias, se pueden encontrar en su libro 'Dios está en la cárcel' (DDB, 2008). Las necesidades de otros colectivos de la sociedad llevaron a Jaime Garralda a desarrollar nuevos proyectos para enfermos de VIH/SIDA, personas sin techo, inmigrantes sin papeles, prostitutas o drogodependientes.

"A un tío que está tirado en la calle con una jeringuilla en el brazo nadie lo va a ayudar, porque el marginado es despreciado", decía Garralda

“Mi gente no es pobre, es marginada", repetía el padre Garralda. "El pobre muchas veces tiene el cariño o la compasión de los demás. Pero a un tío que está tirado en la calle con una jeringuilla en el brazo nadie le va a dar la mano, porque lo desprecian. El marginado es un despreciado", afirmaba. Él recordaba el caso de un joven que había estado a punto de morirse en la calle en un par de ocasiones, siendo finalmente reanimado por los servicios de emergencias. Aquel hombre le diría después: ‘Mire padre, a mí con la vida que llevo no me importa morirme. Pero, ¿que no le importe a nadie que yo me muera en la calle?’.

La Fundación Padre Garralda-Horizontes Abiertos acumula en sus décadas de existencia multitud de premios y reconocimientos por su inmensa labor social. Durante estos años la organización ha asistido a cerca de 2.000 bebés, ha ayudado a salir de la droga a más de 6.000 personas, ha mejorado las condiciones de internos en muchas prisiones y ha contribuido a que 40.000 personas se planteen una reorientación en su vida, con la ayuda de más de 1.000 voluntarios.

Quizás por ello, hasta el final de su vida, Jaime Garralda conservó una alegría que siempre contrastó con el mundo de dolor en el que se movió. Meses antes de morir, Garralda se declaraba feliz ante este periodista."Me siento muy a gusto con Dios, muy a gusto en mi vida, muy 'happy'. Vivo con personas que no tenían norte, que estaban tiradas en la acera, en la cárcel, y de repente se sienten queridas y las veo sonreir. ¿Cómo no voy a sentirme feliz de estar con ellas?", se preguntaba. Y ante aquella sonrisa imbatible, ante aquella alegría forjada en los dolores del mundo, ¿quién podría objetar nada?

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