TRIBUNA. Juan José Litrán*

La empresa ante la crisis y post crisis del Covid-19: Un nuevo contrato con la sociedad

Donald A. Schön explica en su libro 'The Reflective Practitioner: How Professionals Think In Action' tres tipos de conocimiento. Uno de ellos es la reflexión en y durante la acción, el conocimiento que vamos adquiriendo mientras actuamos.

Juan José Litrán.

29 Ago | Juan José Litrán | Soziable.es

Todo lo que estamos viviendo desde que la pandemia se declaró son hechos inéditos hasta la fecha y cambian radicalmente nuestra perspectiva a la hora de ver y de analizar el mundo. Ya estemos en cualquiera de las fases o en la tan ansiada Nueva Normalidad, está claro que ni el escenario va a ser ya igual ni nosotros seremos los que fuimos hace apenas tres meses.

Tres meses que, en términos sociológicos o desde cualquier otro punto de vista, se han convertido en una eternidad. En un agujero negro de certidumbres, verdades establecidas y análisis preestablecidos. Así que hay que contemplar la realidad con ojos totalmente nuevos.

"Lo que es pasado es prólogo", le decía, con toda la razón, Antonio a Sebastián en la obra 'La Tempestad' de Shakespeare. Y no es que vayamos a cometer un crimen. Lo que vamos a hacer, y tenemos que hacer, es analizar este nuevo “ahora” desde una perspectiva diferente, pero sin perder de vista de dónde venimos. Hemos cambiado. Sin duda. Mucho. Pero este cambio tiene sus raíces, su cómo y su por qué en lo que éramos hace tres meses. Hace una eternidad, pero una eternidad que nos condiciona en este nuevo presente.

Disquisiciones temporales aparte, con esto quiero decir que, a la hora de analizar cuál va a ser el papel de las empresas ante una sociedad desigual - fruto en gran parte de una situación anterior, a la que se suman nuevas fuentes de desigualdad-, es conveniente echar un vistazo, aunque sea rápido, a cómo han reaccionado, desde el minuto uno, las empresas ante la catástrofe que nos cayó encima a principios de marzo. Porque ha sido una respuesta interesante, que nos puede dar muchas pistas acerca de hacia dónde se dirige este “new deal” corporativo.

"Las empresas han demostrado que, por muy grandes que sean, siguen siendo instrumentos en manos de hombre y mujeres que sienten y que se solidarizan con un entorno que sufre"

Desde una perspectiva asistencial, puramente reactiva, las empresas han demostrado que, por muy grandes que sean y pese a su funcionamiento supranacional, siguen siendo instrumentos en manos de hombre y mujeres. Hombres y mujeres que piensan, que sienten y que se solidarizan con un entorno que sufre. Por tanto, la respuesta de las empresas -y ejemplos hay muchos, ahora repasaremos algunos- ha sido rápida y desinteresada. Como también ha sido rápida, desinteresada y comprometida la respuesta de los miles o incluso millones de empleados – desde soldados de a pie hasta directivos- que se han volcado en el teletrabajo como si lo hubieran hecho toda su vida. Dentro de unos años estudiaremos los índices de productividad de estas semanas, y veremos que, en contra de lo que muchos pensaban, el teletrabajo, lejos de rebajar el rendimiento laboral, lo ha disparado. Los horarios se han esfumado, las video conferencias se han multiplicado y casi nadie ha medido su tiempo.

Con esto ya estoy adelantando -mi prólogo- un hecho que, aunque latente, ya estaba presente de alguna manera en nuestra sociedad pre-Covid: la existencia de un contrato social entre las empresas y sus empleados, más allá de los simples contratos laborales. Solo hacía falta una buena causa, una causa urgente e inapelable, para sacarlo a la luz.

Casos de respuesta de empresas que, de la mano de sus empleados, han dejado de lado sus cuentas de resultados, sus protocolos de negocio y su zona de confort para responder ante la crisis, hay de sobra. Y en un contexto en el que la mayoría de las empresas afrontaban o bien un parón en su actividad o bien un proceso brusco de digitalización express, sin opción para preparase, pero demostrando alto grado de madurez digital mucho mayor de lo esperado, hubo tiempo para la respuesta solidaria.

Por ello quiero romper una lanza a favor de las empresas que han dejado atrás el interés propio para defender el ajeno, prácticamente todas. Así, Armani se ha lanzado a hacer batas, mientras que BASF producía desinfectante de manos. Más cerca de nosotros, SEAT fabricó respiradores, El Corte Inglés y Casa Tarradellas se reconvirtieron en fabricantes de mascarillas, Mango pasó de las camisetas cool a las batas de hospital, y Decathlon bloqueaba sus existencias de máscaras de buceo para donarlas como respiradores improvisados. En el ámbito tecnológico también hubo generosidad. Media Markt donaba sus impresoras 3D para fabricar viseras y máscaras de protección mientras LG proporcionaba dispositivos para que se comunicaran los enfermos hospitalizados en cuarentena con sus familiares. Samsung donaba dispositivos móviles al programa A tu lado de Save the Childen a fin de evitar la desigualdad que la brecha digital produciría en la educación de los niños y niñas de familias desfavorecidas.

"Para muchas de estas empresas, esta actividad imprevista y fuera de su marco habitual era la alternativa al parón total. Y se lanzaron a ella sin ni siquiera echar un vistazo a sus cuentas de resultados"

Algunos las han llamado “marcas generosas”, otros “marcas con propósito”. Pero no solo se refiere a empresas que han dedicado su esfuerzo desinteresado en ayudar a los más vulnerables, sino también a las que han centrado su esfuerzo en los suyos, en proteger el bienestar de sus propios empleados. Primero la salud, pero al mismo tiempo también el empleo, recurriendo a los instrumentos que el Estado puso en marcha o muchas a cargo de sus balances.

Lululemon, minorista de ropa deportiva, aunque cerró todas sus instalaciones en Estados Unidos, decidió seguir pagando a sus trabajadores, proporcionándoles acceso a un fondo de ayuda salarial. Microsoft ha hecho algo parecido, mientras Walmart, Apple y Olive Garden han adaptado sus políticas de baja por enfermedad para proporcionar cobertura y apoyo adicionales a sus trabajadores más vulnerables.

Y más ejemplos, esta vez de acciones destinadas a apoyar a las pequeñas y medianas empresas, las más castigadas por el confinamiento y la paralización de la actividad.

Amazon anunció un fondo de ayuda de cinco millones de dólares para las pequeñas empresas cercanas a su sede; Google ha lanzado otro fondo similar de un millón de dólares, mientras que el multimillonario Mark Cuban ha decidido reembolsar a sus empleados lo que consumían en los restaurantes cercanos.

Decía el World Economic Forum en un reciente informe sobre la respuesta de las empresas ante la Covid que “históricamente, las corporaciones dieron un paso atrás durante las crisis. Sin embargo, a medida que el papel de las empresas en la sociedad sigue evolucionando y el capitalismo de las partes interesadas se convierte en la corriente principal, las empresas están respondiendo al desafío. Es alentador ver cómo, incluso en medio de tiempos difíciles, la innovación social corporativa está aquí para quedarse.”

Lo que este organismo llama innovación social corporativa se presenta bajo variadas formas, como la filantropía, las donaciones directas o apoyo en especie. También, por medio de la promoción, las empresas tienen la capacidad de configurar la política pública; a través de los programas de responsabilidad social empresarial, las empresas utilizan sus numerosos recursos en beneficio de la sociedad y por medio de la creación de valor compartido, las empresas desarrollan nuevos productos y servicios rentables que satisfacen las necesidades sociales insatisfechas.

El mayor experimento de colaboración público-privado de la historia

Sí, hablamos de necesidades insatisfechas, o de necesidades urgentes, perentorias y de un Estado desbordado incapaz por sí solo de satisfacerlas. Es en ese contexto donde las empresas han encontrado una nueva forma de colaborar con su entorno, o mejor dicho, donde las empresas han podido desarrollar hasta niveles pocas veces vistos antes lo que antes eran tímidos y muy limitados actos de solidaridad. Esta crisis ha sido la mayor prueba de funcionamiento público privado de la historia, con todos los agentes económicos y sociales alineados en una misma dirección, y por una vez, con un enemigo común reconocible: el virus.

"A esta relación bidireccional entre empresas y administración se ha sumado, desde el principio, un tercer actor sin el cual nada de esto sería posible: la sociedad civil"

A esta relación bidireccional entre empresas y administración se ha sumado, desde el principio, un tercer actor sin el cual nada de esto sería posible. En este caso, el sujeto más vulnerable y el objeto a defender: la sociedad civil. Una sociedad civil asustada, confinada en sus casas, y sumida en la más absoluta incertidumbre, como pocas veces se ha dado en la historia.

Porque, aunque pueden haberse producido crisis similares a esta, jamás se han producido en un mundo tan interconectado como el actual. El resultado es que todos, en cuestión de semanas, hemos sido dramáticamente conscientes de que la situación por la que pasábamos era mundial, sumando así varios enteros a la cuenta de la ansiedad y el vértigo planetario.

Hemos sido conscientes desde el minuto uno del Estado de Alarma de que estábamos ante una nueva realidad, una realidad desconocida para la cual no existía ningún tipo de respuestas ni de recetas. Paradójicamente, pese a que desde un principio estuvimos desbordados por la información lanzada de forma masiva a través de “las Redes”, nuestro nuevo cordón umbilical, lo cierto es que se trata de una situación que, hasta dentro de muchos años, quizás décadas, no lograremos analizar de forma objetiva y rigurosa.

Dentro de este mar de datos, valoraciones apresuradas y emotivas y tácticas carentes de estrategia, ¿qué sabemos de este nuevo escenario global? Por lo pronto, una cosa: que el sistema está tensionado. Muy tensionado. Esto ha aflorado situaciones que parecían resueltas, por lo menos en el primer mundo. Un entorno en general considerado como amable, a salvo de las contradicciones que azotan zonas menos favorecidas –aunque muy cercanas, más de lo que a veces queremos ver–. Lo que la pandemia ha puesto de manifiesto no son nuevas tensiones –que también– sino sobre todo las ya existentes, exacerbándolas y en ocasiones haciéndolas casi insoportables. ¿O es que alguien, sinceramente, no se esperaba las colas en los comedores sociales a tres calles del tranquilo barrio en el que vivimos? ¿Hay que rasgarse las vestiduras? No, lo que hay que hacer es buscar nuevas formas de articular una sociedad que, hasta ahora, vivía vertebrada sobre una base de bienestar que ni era real del todo, ni era, por supuesto, para todos.

Desde una perspectiva conceptual, esta contradicción toma la forma de la famosa dicotomía entre, por un lado, los que defienden que el Estado debe ser el que se encargue siempre y en todo momento de proteger a sus ciudadanos y, por la otra, los que apuestan por la libertad de mercado más salvaje.

En mi opinión, ni la una ni la otra de estas formulaciones dan una respuesta completa y coherente a lo que estamos viendo hoy. Ni siquiera ahora, unos días después de la aprobación, por primera vez en esta era, de un ingreso mínimo vital pagadero por el Estado a los sectores más vulnerables, una medida sin duda necesaria y bienvenida. Me cuesta pensar en “lo público” como nuestra única tabla de salvación. Por lo menos, creo que una postura prudente es pensar que no es –no debe ser– la única.

"Ni siquiera con el ingreso mínimo vital en la mano podemos decir que el Estado puede afrontar en solitario una situación como esta. Ni puede ni debe"

No nos engañemos. Ni siquiera con el ingreso mínimo vital en la mano podemos decir que el Estado puede afrontar en solitario una situación como esta. Ni puede ni debe, porque entraría en territorios que ya no son del todo suyos, detrayendo energías y recursos a lo que verdaderamente es su cometido.

Pero también porque, en algún momento, a las empresas les tiene que tocar devolver algo de lo que el Estado, los ciudadanos, les ha dado -a través, entre otros, del Plan de Recuperación presentado por la Unión Europea- en estos días de medidas nunca vistas antes: ERTEs, gasto sanitario, avales, líneas de préstamos. Una factura que la sociedad tendrá que pagar en el futuro.

La respuesta, como ya han empezado a sugerir un puñado de empresarios y banqueros atentos al entorno, no puede ser otro que la búsqueda de un nuevo contrato social.

Ana Botín, como muchas veces audaz y valiente en sus valoraciones, lo ha expresado de una forma diáfana: “Europa debe entender que a solidaridad no es caridad, que nos beneficia a todos”. Para añadir acto seguido que “tenemos que llegar a un nuevo contrato social, que implique a todos y que nos permita crecer de manera inclusiva y sostenible”. Ángel Simón, presidente de Agbar, se pronunciaba en la misma línea –y con las mismas prioridades–, mientras que Ignacio Sánchez Galán hablada del triángulo “accionistas, empleados y sociedad”, sin el cual “el sistema no funciona”.

Por eso, como fruto de este triángulo, prefiero hablar de 'contrato con la sociedad' más que de contrato social. Este último concepto, acuñado por Thomas Hobbes en 1651, se refería más bien una forma de pacificar la convivencia entre los hombres. Para mí, el concepto de contrato con la sociedad va mucho más lejos.

Contrato social vs contrato con la sociedad

Para las empresas, firmar un contrato con la sociedad significa suscribir un pacto con sus ciudadanos, que son sus consumidores o clientes. Se trata del conocido como “consumer vote”, por el cual el poder omnipresente de los accionistas, progresivamente, se está viendo desplazar por el poder de los consumidores, es decir, de los compradores. Porque, ¿quién da valor a una compañía, sus accionistas, que perciben dividendos, o los consumidores, que compran los bienes producidos y aportan valor?

"La Business Round Table, hace poco, reinventó las reglas del juego hablando de capitalismo de Stakeholders en lugar de capitalismo de accionistas"

La Business Round Table, hace poco, reinventó las reglas del juego hablando de capitalismo de Stakeholders en lugar de capitalismo de accionistas, dejando atrás la escuela de Chicago y su búsqueda del beneficio ante todo y todos. Y así, las propuestas de la BRT coinciden con lo que las empresas están empezando a aportar a la sociedad.

Entregar servicios y bienes de valor a sus clientes, invertir en los empleados y compensarlos de forma justa, relacionarse de forma justa y ética con los proveedores, apoyar a las comunidades en las que están asentadas las empresas y, también, generar rentabilidad –no inmediata, sino a largo plazo– para los accionistas son ya parte del ADN de algunas compañías, que han entendido que, para seguir produciendo, es necesario un entorno lo suficientemente próspero como para comprar sus productos. En qué se traduce de forma concreta este contrato con la sociedad es, quizás, el debate más interesante al que nos enfrentaremos en esta era post Covid.

Contribuir sí, pero ¿cómo?

En situaciones como la actual, la vía de las donaciones y del altruismo se agota rápidamente. Y lo hace antes de que las necesidades de la gente más vulnerable queden del todo cubiertas. Por tanto, hay que buscar otras vías para contribuir. Son muchos los campos concretos en los que las empresas pueden contribuir a reducir las desigualdades. Pero, en realidad, no son tanto los que tienen implicaciones realmente efectivas. Pero antes quizás haya que contestar a otra pregunta. Contribuir, ¿Para qué? Aquí dejo la palabra a tres economistas importantes, creadores del Laboratorio de Acción contra la Pobreza: Abdul Latif Jameel del MIT (J-PAL), Abhijit Banerjee y Esther Duflo. En su último libro, 'Good Economics for Hard Times', desmontan un mito sobre la desigualdad profundamente arraigado. Y lo hacen de un plumazo.

Ante la duda de si es verdad que la llegada de inmigrantes a una economía contribuye a rebajar los salarios –mano de obra barata–, ellos contestan que, lejos de la "historia estándar de la oferta y la demanda”, los recién llegados gastan dinero: van a restaurantes, se cortan el pelo, van de compras. Esto crea puestos de trabajo, y sobre todo puestos de trabajo para otras personas poco cualificadas. Los inmigrantes, por tanto, no son sólo trabajadores, sino también consumidores.

La empresa es generadora de riqueza, tanto para los accionistas como para la sociedad. Hemos visto antes con la Business Round Table que no necesariamente en ese orden. Y de cara a crear riqueza para la sociedad, el mejor instrumento sigue siendo crear empleo de calidad. Ninguna otra alternativa inyecta tanta liquidez a la economía como el empleo de calidad. Los salarios, más temprano que tarde, tienden a volver al flujo de la economía, y por eso, más vale que lo haga en cantidades suficientes. El empleo de calidad es empleo bien retribuido. También es empleo seguro y con condiciones laborales confortables. Como muchos dicen, “trabajador feliz, empresa feliz”.

"Después del empleo de calidad, el segundo gran reto al que se enfrenta la empresa es el de la ética y, en especial, la responsabilidad social de cara a sus proveedores y al medio ambiente"

El segundo gran reto al que se enfrenta la empresa es el de la ética y, en especial, la responsabilidad social de cara a sus proveedores y al medio ambiente. Aunque no esté demostrado, todos tenemos la íntima convicción de que el virus que nos ha encerrado en casa tiene que ver, y mucho, con la forma violenta en la que el hombre ha manipulado la naturaleza. No en vano, el origen de la pandemia parece estar en un salto en la cadena trófica, que nos ha situado a merced de un microorganismo que, en situación normal, ni siquiera tendría una lejana relación con el ser humano.

Los desequilibrios en el entorno que, como especie, hemos desencadenado en nuestro hábitat –y del que el cambio climático es la muestra más contundente, pero no la única– nos debe hacer reflexionar sobre nuestro papel en el planeta. Y las empresas también deben abordar seriamente este reto si quieren tener, en el día de mañana, un mercado con compradores al que vender sus productos o servicios.

Ya en el año 2015, el economista francés Thomas Piketty daba cifras escalofriantes sobre la íntima relación entre desigualdad y cambio climático. Este economista francés afirmaba que el 10% de los mayores emisores de CO2 son en la actualidad responsables del 45% de las emisiones mundiales de este gas. Y que el 50% de los sujetos que menores emisiones de CO2 producen son responsables de menos del 13% de las emisiones totales.

Además, Piketty apuntaba que estas desigualdades a la hora de emitir CO2 cada vez se deben menos a las diferencias existentes entre los países y cada vez más a las que hay entre los individuos en el interior de cada país. Según Kevin Anderson, profesor de la cátedra Zennström de Liderazgo contra el cambio climático, en el Centro de Estudios Ambientales y de Desarrollo de la Universidad de Uppsala, si el 10% de los más ricos limitasen sus emisiones al nivel de un europeo medio –cualquiera de nosotros– podríamos reducir de golpe en un tercio la huella ecológica de la humanidad y del impacto del cambio climático, aunque el 90% restante de la humanidad no hiciera nada.

De las palabras a los hechos

Para hacer frente a esto ya no valen los compromisos huecos, los planes de RSC pensados para adornar las memorias de sostenibilidad. Hace falta pasar de las palabras a la acción, enfocando el trabajo de RSC hacía acciones globales, relevantes y con peso e impacto en la sociedad. En este ámbito, otro de los pilares es el de la formación, en el sentido más amplio de la palabra. La educación es el entorno en el que la colaboración público-privada tiene un terreno abonado, pero también un campo de mejora evidente.

"¿Han oído algún empresario quejarse de bajada de la productividad como consecuencia del teletrabajo? Yo no"

Con la pandemia, medio planeta se ha encerrado en sus casas y ha entrado, en cuestión de horas, en el nuevo mundo digital. ¿Estaban las empresas preparadas para este salto cuantitativo brutal? Probablemente no, pero el milagro fue posible porque los empleados decidieron que ellos sí estaban preparados y que el cambio sería un éxito. ¿Han oído algún empresario quejarse de bajada de la productividad como consecuencia del teletrabajo? Yo no. Al contrario, es posible que, dentro de unos meses, cuando repasemos las variables sobre la productividad de estos meses, nos sorprenda la buena marcha de esta variable. En esta situación de urgencia, la gente ha aprendido lo que tenía que aprender: nuevas formas de trabajar, de comunicarse, de reunirse. Y sin un informático a la espalda para resolver problemas técnicos.  Se presenta así una oportunidad para las empresas de ser capaces de colaborar con el sector público para buscar nuevos programas de formación, nuevos empleos, nuevos retos laborales generadores de valor en la sociedad.

Finalmente, la pandemia ha puesto bajo una luz diferente otra de las desigualdades que arrastra, en mayor o menor medida, este entorno globalizado. La conciliación de la vida laboral y familiar, asignatura pendiente de las mujeres –también especialmente afectadas por el cambio climático, un factor de desigualdad transversal– en su escalada hacia la igualdad, se ha visto bajo un foco inusitadamente crudo y real. Mientras todo era, digamos, normal, los colegios y guarderías asumían un importante papel como cuidadores de los menores mientras los padres trabajaban. Era la “norma”, mientras que los días de vacaciones, los festivos, en los cuales los progenitores debían cubrir ese papel de “babysitters” eran la excepción. Una excepción en la que cada cual “se apañaba” como podía.

En estas semanas sin centros educativos, los –y sobre todo las– progenitores y progenitoras han tenido que compaginar teletrabajo con cuidado de casa y niños. Y no ha sido fácil. Hemos visto la importancia de adecuar las herramientas formativas a las nuevas tecnologías, con el fin de alinear las capacidades de la población, desde la fase escolar, con el nivel tecnológico real de la sociedad. En esta crisis, en buena medida se ha demostrado que la tecnología –plataformas, Cloud, Internet– estaban mejor preparados que nosotros los trabajadores para, en cuestión de días, encerrarse y adoptar de forma masiva el teletrabajo. Y en la educación este gap ha sido especialmente notorio, en la medida en que las clases y las evaluaciones online han pecado, en demasiadas ocasiones, de escasa efectividad y preparación. Los medios estaban. Lo que no estaba era el material humano capaz de sacarles todo el partido.

"La brecha digital es otra de las importantes desigualdades que pueden ser abordadas por las empresas en el marco de sus programas de responsabilidad social"

Pero, sobre todo, ha puesto de manifiesto las enormes diferencias que en materia digital existen con respecto a los alumnos más desfavorecidos. Nada menos que un 10% del alumnado no ha tenido posibilidad de acceder a clases online, simplemente por carecer sus familias de medios para ello. La brecha digital es otra de las importantes desigualdades que pueden ser abordadas por las empresas en el marco de sus programas de responsabilidad social, ya sea de cara a sus propios empleados –a menudo las desigualdades se encuentran en el propio entorno cercano– o bien a través de planes de ayuda externos. Habrá que buscar, diseñar e implementar verdaderas fórmulas de conciliación, más allá de la solución de circunstancias que suponen colegios y guardarías. Una solución que, además, debe ser negociada, de nuevo, en y por ese triángulo de oro que confirman sociedad-empresas-sociedad.

La crisis sanitaria no ha creado las desigualdades, solo las ha acentuado, con profundos impactos tanto durante la pandemia como, previsiblemente, en la fase post confinamiento, que estará presidido por una aguda crisis económica que puede acarrear importantes consecuencias, no solo en términos sociales sino también geoestratégicos. Probablemente, en la era post pandemia, la globalización, como mínimo, se reconduzca, si no directamente se frene. Esto, sin duda, tendrá consecuencias directas sobre la desigualdad, incrementando aún más las diferencias entre zonas ricas y zonas pobres. Esta tendencia es, al margen de su impacto económico directo, la primera consecuencia indeseable de la pandemia que debemos intentar frenar, en la medida en que supone un acicate para la estigmatización y el aislamiento.

Bajo el falso argumento de que es necesario comprar productos y servicios producidos dentro del país para ayudar a reactivar las economías nacionales y generar empleo local, podemos caer en un nuevo aislacionismo del “sálvese quien pueda”. Porque no es cierto que consumir nacional favorezca especialmente la reactivación de la economía, toda vez que, sobre todo en países como España, el comercio exterior es un componente clave dentro de la cesta de factores que impulsan el crecimiento del PIB nacional. Consumir nacional, sí, en parte, pero hay que importar y exportar también.

Ese ha sido nuestro prólogo. Y este es, ahora, nuestro relato. De cómo trencemos en los próximos meses los mimbres de nuestro presente dependerá que lleguemos a una conclusión o a otra. Estoy seguro de que, con esta experiencia, junto a la demostración de cómo las empresas y la sociedad civil han reaccionado, vamos ser más sabios y a reinventar la realidad para mejorar el futuro.

* Juan José Litrán es vicepresidente de Save the Children España y miembro del patronato de la Rober Kennedy  Foundation

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